08 marzo 2016

¿Una minipapelera y unos tickets para gamificar la clase?

Seguimos convencidos de la eficacia de gamificar el proceso de enseñanza-aprendizaje de español a fin de conseguir la implicación y la motivación del alumno, de hacer que dicho aprendizaje sea más efectivo y, además, con la propuesta que traemos hoy, de hacer que sean más conscientes y más responsables de sus estrategias de aprendizaje.

Volvemos a acudir a nuestro banco de recursos favorito y nos hacemos con un rollo de tickets, de esos que se ven en las películas y series de dibujos animados americanos cuando organizan el baile de fin de curso o el concurso de cupcakes del instituto. En cada rollo vienen 250 tickets, en cartón duro y con el reverso en blanco para poder escribir.


Los tickets los utilizaremos como vales o cupones que cumplen una función. Del mismo modo que nos servirían como entrada para una fiesta o para una sesión de cine, nosotros lo utilizaremos en el aula con el fin que queramos, a saber:

  • Entregamos 3 tickets a cada alumno para que pueda utilizar su lengua materna tres veces durante la clase.
  • Damos 3 tickets a cada estudiante para que, previo canje, le permitamos usar su diccionario bilingüe.
  • A cambio de cada uno de los tickets, el alumno puede preguntar a un compañero.

Para que esté claro que se ha consumido cada uno de los tickets, en el momento de hacer uso de los mismos, se depositan en esta minipapelera y, de este modo, además, podemos reutilizarlos en otras sesiones.

La idea es conseguir mantener cuantos más tickets al final de la clase mejor. Es como esos juegos de cartas cuyo objetivo es quedarse sin cartas... pero a la inversa. El premio depende de cada profesor.


Se nos ocurre también utilizar los tickets con una palabra secreta escrita en el reverso. De este modo, le planteamos a cada alumno una misión. Cada alumno recibe uno al principio de clase y les informamos que son palabras que solo ellos conocen. El reto de cada alumno es conseguir utilizar esa palabra durante la clase sin ser descubierto por los compañeros. Es decir, que lleguen a la minipapelera sin que nadie se haya percatado. Esas palabras pueden ser:

  • Palabras de un mismo campo semántico (el que se estudió la sesión anterior, por ejemplo).
  • Palabras que forman parte de una frase o de un mensaje secreto que, cuando se sepan todas las palabras (bien porque las hayan dicho sin ser descubierto, bien porque alguien se haya dado cuenta de que son las palabras secretas de los compañeros), habrán de formar entre toda la clase.
  • Palabras que forman el título de una película o de un libro para realizar la propuesta didáctica que compartimos hace unas semanas.
¿Se os ocurren más ideas? 

01 marzo 2016

¿Quién tiene la culpa?

Estoy seguro de que a todos los profesores de español os ha ocurrido alguna vez una situación como la siguiente: hacemos una pregunta aspirando a abrir y mantener una conversación con nuestros alumnos y nos encontramos con que el alumno responde a un ejercicio. Algo así:

Figura 1

Cuando ocurre eso yo me vuelvo loco, se me desencaja la mandíbula, empiezo a hacer aspavientos con las manos, se me salen los ojos de las órbitas... algo muy parecido a lo que le ocurre a Homer Simpson. Cuando me sereno, cuando mandíbula, brazos y ojos vuelven a sus respectivos lugares, me siento y reflexiono: ¿quién tiene la culpa de ello?

¿Es culpa del pobre alumno que se esfuerza en escoger el tiempo adecuado, cambiar la persona, colocar el pronombre en el lugar adecuado, hacer una incomprensible -para ellos- repetición del adverbio no?  ¿Acaso será culpa de determinadas actividades centradas en las formas? ¿Igual tengo yo, como docente, algo de responsabilidad al pensar que mi misión es enseñar una lengua cuando en realidad soy un mero asesor, guía y acompañante del proceso de aprendizaje de un instrumento de comunicación que se hace efectivo por medio de actos de habla? ¿Sigue siendo la pragmática la gran olvidada en nuestras aulas?

Suelo proponer en mis clases esquemas como el que podéis encontrar más abajo (figura 2). Lo primero que hago es pedir a mis alumnos que me digan qué columna corresponde a respuestas afirmativas y cuál a respuestas negativas a la pregunta principal. Hecho eso, analizamos cada una de las respuestas, nos preguntamos quién la ha podido decir, en qué situación comunicativa, hablando con quién, con qué intención y qué esperaba conseguir con esa respuesta.

Figura 2

Después, pregunto por qué creen que esas personas no han respondido como en la figura 1. ¿Qué necesidad tenían de complicarse la vida al responder a una pregunta tan sencilla? Y el último paso, el definitivo: ¿tú qué respondes a esta pregunta?